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lunes, 2 de noviembre de 2015

Día de muertos en Tlaquepaque.

Siempre he pensado que la muerte de alguien nos duele por el simple hecho de que no estará más por aquí. No habrá más desayunos, más salidas al cine, más masa para hornear, más fiestas. No podremos ver esos ojos una vez más, escuchar esa risa o esa voz.

¿Pero no es un poco egoísta? Queremos más de esa persona para nosotros. No importa si está muy enferma, no importa si ya no quiere estar aquí o si es feliz. ¿No es acaso nuestro egoísmo lo que hace difícil el proceso de dejar ir?

Ahora que se acerca mi cumpleaños pienso mucho en eso. Agradezco estar un año más con vida y también pienso en la muerte. Es inevitable, la vida y la muerte coexisten entre sí y uno determina al otro. Amo la vida y cada uno de los detalles en ella. 

Siempre le digo a mis papás que cuando me muera me gustaría que pusieran mis cenizas en una maceta o en un árbol, de esos que parecen robustos y fuertes pero que parte de su belleza es dejar ir las hojas en esta época del año. Le digo que no quisiera que me hicieran funeral porque me hace sentir mal ver triste a la gente que quiero, en especial si es por mi culpa. No están muy de acuerdo conmigo en eso último.

Prefiero que celebremos la vida, mientras dure, como sólo nosotros sabemos hacerlo. Celebremos esos desayunos, esas salidas al cine, esa masa para hornear, esas fiestas, esos ojos, esa risa y esa voz. Celebremos con colores, con música, con comida y con tequila. Hagámoslo mientras la ciencia, un ser superior, el universo y el amor lo permitan.

















viernes, 13 de marzo de 2015

Mafalda

Juré que no tendría miedo después del asalto. 
Juré que haría mi vida normal, que saldría a conocer cosas y lugres nuevos sin miedo a que me quitaran mis cosas de nuevo. Por más que quise cuidarme y andar lo más simple en la calle, hoy me valió y me fui con mi cámara al centro. A veces descubres tu verdadera pasión cuando te alejas de ella y te das cuenta de la falta que te hace y de las ideas que van saliendo de ella.
Hoy empecé un proyecto personal que siempre quise hacer que aunque tomará tiempo y dedicación, esas son precisamente las razones por las que lo hago. No soy (lamentablemente) de ese tipo de personas que acaba todo lo que empieza. Estoy tratando de cambiar eso, y este proyecto es un esfuerzo y ejercicio de presión a mi misma para concluirlo en unos meses más.
Para comenzar con eso, hoy me fui a un museo donde estaba una exposición de Mafalda. El museo de hoy es una clara representación de esta ciudad. Tradicional y moderno al mismo tiempo, diría yo. Desde la arquitectura hasta los asistentes, es una fiesta de diversidad. Es divertido ver a niños dibujando cómics que son de la década de los 60's.
Más allá de eso, hoy aprendí algo más importante. Normalmente en México me encuentro rodeada siempre de muchas personas y debo decir que tengo siempre la mejor compañía. Siempre he tenido a gente increíble a mi lado, y estoy muy agradecida por ello. Sin embargo, llegué también a una etapa de mi vida donde tenía que aprender a hacer las cosas yo sola. No ha sido fácil, pero he aprendido a convertirme en mi mejor amiga y apreciar mi tiempo a solas para poder entenderme y después aceptarme. Hoy me fui a un museo donde estaba una exposición de Mafalda. Sola. Fue increíble.
Después de un rato, volví a la normalidad y disfruté aún más convivir con personas increíbles. Comimos en mi lugar favorito hasta ahora en lo que me parece el mejor barrio de la ciudad. Y por fin, aprendí que para estar bien con los demás y disfrutar de lo que hay a nuestro alrededor, hay que estar en paz con nosotros mismos. 


















lunes, 2 de febrero de 2015

Stranger

No sé si es porque mi país no siempre tiene las mejores representaciones en películas, series, o con los extranjeros en general, pero pensé que en todos los países era igual. Que todos en Estados Unidos comen hamburguesas, que todos en Argentina son nefastos, que todos los italianos comen pizza todos los días, o que en Australia tienen a canguros como vecinos. Así como en México no todos dormimos en nopales ni a todos les gusta el tequila, supongo que será así en otros lugares.
Pero aquí si. Aquí la gente jamás se cansa de bailar, no dejan de sonreír, no acaba la fiesta jamás. Y cuando digo fiesta, no me refiero a terminar ahogado vomitando de tanto haber tomado. Por fiesta me refiero a la alegría, al compañerismo, a la bondad. Aquí no se está triste jamás.
Estoy en una selva con edificios que coexisten perfecto, donde el concreto es amigo de los 27 grados, el viento y la humedad. Estoy en donde los taxis tienen terminal para tarjetas de crédito y débito, funcionando con algún mecanismo que aún no logro entender. Soy una extraña en esta ciudad y jamás me sentí tan libre. Como si lo desconocido fuera sinónimo de libertad.
Antes de venir aquí precisamente pensaba en eso, que no tenía la necesidad de salir de mi zona de confort. Seguramente era miedo, y ahora comprendí que no hay nada mejor que esto. He aprendido más de lo que pensé en solamente dos días. No tengo más que doscientos pesos y veinte dólares en mi cartera porque no puedo cambiarlos, mis tarjetas están bloqueadas, la pantalla de mi teléfono se rompió en el aeropuerto, y no entiendo la mitad de lo que me dicen. Todo es una señal.
Esto apenas comienza y la verdad, no podría estar más emocionada. Me enamoré de los retos, de las barreras e impedimentos que la vida tiene para mí sin aún conocerlos. Supongo que de esto se trata la vida, de conocerte en la peor situación y de dominar tus defectos pero sobre todo, ser tu mejor amigo para no estar solo jamás.












domingo, 7 de diciembre de 2014

Vino y velas.

Llegan estas épocas del año en donde todo mundo se siente feliz por las esperadas vacaciones, por las visitas familiares o los materialistas por los regalos que se puedan obtener. 
Recuerdo que antes todos los Años Nuevos y Navidades lloraba. Lloraba por la nostalgia de lo que se quedaba y el no saber qué vendrá, por dejar atrás personas y momentos que no están más o simplemente por la emoción de tener cerca a los que más quiero.
Creo que ese sentimiento no se ha ido del todo, es sólo que ya he aprendido a manejarlo. Más allá de llorar, aprendí a agradecer lo que tengo y a los que tengo conmigo, que por algo hemos llegado hasta aquí y deberíamos valorarlo.
Para estas fechas decembrinas los invito a no llorar como yo. A no aferrarse de lo que ya no está, de lo que se ha ido; si se ha ido es porque vendrá algo mejor. Es el mayor cliché, pero es verdad. En vez de llorar celebremos y valoremos al que tenemos a un lado, al que te regala una sonrisa, al que te hace mejor persona y a quien hace nuestra vida un mejor viaje.
Aquí están algunas de estas personas que hacen que todo este viaje esto valga la pena.