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martes, 5 de mayo de 2015

Templo Zu Lai

Nada nos hace más ricos que conocer lo que nos es diferente, lo que parece lejano o ajeno, y donde parecemos no pertenecer. Sin embargo, nada de eso será posible sin la mente y el corazón preparados para ello.
Aún no entiendo mi relación con la religión y quién sabe si algún día la vaya a entender, pero no escribiré acerca de mis dudas porque supongo que esto será muy aburrido. Aun así, siempre quise visitar una iglesia/templo/centro de otras diferentes a la mía para explorar un poco las diferencias, semejanzas y puntos de vista porque creo firmemente que la religión determina el comportamiento de una región o un país.
Así todos nos fuimos en familia al Templo Zu Lai, que fue el primer centro del Monastério Fo Guang Shan ("Montaña de la Luz de Buda" en chino), una orden monástica que surgió en China. En este templo se practican ceremonias de las Escuelas budistas Chan y Jingtu, que se enfocan en la meditación y devoción a Buda Amitabha respectivamente. 
Aunque estoy muy lejos de ser una experta, aprendí mucho. Aprendí que el significado de la svástica es totalmente diferente al que usaba Hitler (my bad), comí carne de soya por primera vez, intenté repetir los nombres de las figuras importantes sin conseguirlo, entre otras cosas.
Una vez leí una cita que jamás se me olvidó porque describía perfectamente algo que pasaba muy seguido en mi vida. "The mind, once stretched by a new idea, never returns to its original dimensions”, dicho por un señor llamado Ralph Waldo Emerson. Como todo lo nuevo, habrá momentos donde tengamos que luchar con nuestras propias creencias para adaptarlas a unas nuevas que se sumaron en el camino. Y eso es lo bonito. Crecer con cada experiencia no sólo nos hace más ricos sino que nos hace únicos. Nadie ve el mundo como tú, ni siente como tú. El rumbo que tomamos nos convierte en seres con mentes transformadas de formas tan diversas e interesantes, que jamás regresará a sus dimensiones originales.
















viernes, 13 de marzo de 2015

Mafalda

Juré que no tendría miedo después del asalto. 
Juré que haría mi vida normal, que saldría a conocer cosas y lugres nuevos sin miedo a que me quitaran mis cosas de nuevo. Por más que quise cuidarme y andar lo más simple en la calle, hoy me valió y me fui con mi cámara al centro. A veces descubres tu verdadera pasión cuando te alejas de ella y te das cuenta de la falta que te hace y de las ideas que van saliendo de ella.
Hoy empecé un proyecto personal que siempre quise hacer que aunque tomará tiempo y dedicación, esas son precisamente las razones por las que lo hago. No soy (lamentablemente) de ese tipo de personas que acaba todo lo que empieza. Estoy tratando de cambiar eso, y este proyecto es un esfuerzo y ejercicio de presión a mi misma para concluirlo en unos meses más.
Para comenzar con eso, hoy me fui a un museo donde estaba una exposición de Mafalda. El museo de hoy es una clara representación de esta ciudad. Tradicional y moderno al mismo tiempo, diría yo. Desde la arquitectura hasta los asistentes, es una fiesta de diversidad. Es divertido ver a niños dibujando cómics que son de la década de los 60's.
Más allá de eso, hoy aprendí algo más importante. Normalmente en México me encuentro rodeada siempre de muchas personas y debo decir que tengo siempre la mejor compañía. Siempre he tenido a gente increíble a mi lado, y estoy muy agradecida por ello. Sin embargo, llegué también a una etapa de mi vida donde tenía que aprender a hacer las cosas yo sola. No ha sido fácil, pero he aprendido a convertirme en mi mejor amiga y apreciar mi tiempo a solas para poder entenderme y después aceptarme. Hoy me fui a un museo donde estaba una exposición de Mafalda. Sola. Fue increíble.
Después de un rato, volví a la normalidad y disfruté aún más convivir con personas increíbles. Comimos en mi lugar favorito hasta ahora en lo que me parece el mejor barrio de la ciudad. Y por fin, aprendí que para estar bien con los demás y disfrutar de lo que hay a nuestro alrededor, hay que estar en paz con nosotros mismos.