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viernes, 13 de marzo de 2015

Mafalda

Juré que no tendría miedo después del asalto. 
Juré que haría mi vida normal, que saldría a conocer cosas y lugres nuevos sin miedo a que me quitaran mis cosas de nuevo. Por más que quise cuidarme y andar lo más simple en la calle, hoy me valió y me fui con mi cámara al centro. A veces descubres tu verdadera pasión cuando te alejas de ella y te das cuenta de la falta que te hace y de las ideas que van saliendo de ella.
Hoy empecé un proyecto personal que siempre quise hacer que aunque tomará tiempo y dedicación, esas son precisamente las razones por las que lo hago. No soy (lamentablemente) de ese tipo de personas que acaba todo lo que empieza. Estoy tratando de cambiar eso, y este proyecto es un esfuerzo y ejercicio de presión a mi misma para concluirlo en unos meses más.
Para comenzar con eso, hoy me fui a un museo donde estaba una exposición de Mafalda. El museo de hoy es una clara representación de esta ciudad. Tradicional y moderno al mismo tiempo, diría yo. Desde la arquitectura hasta los asistentes, es una fiesta de diversidad. Es divertido ver a niños dibujando cómics que son de la década de los 60's.
Más allá de eso, hoy aprendí algo más importante. Normalmente en México me encuentro rodeada siempre de muchas personas y debo decir que tengo siempre la mejor compañía. Siempre he tenido a gente increíble a mi lado, y estoy muy agradecida por ello. Sin embargo, llegué también a una etapa de mi vida donde tenía que aprender a hacer las cosas yo sola. No ha sido fácil, pero he aprendido a convertirme en mi mejor amiga y apreciar mi tiempo a solas para poder entenderme y después aceptarme. Hoy me fui a un museo donde estaba una exposición de Mafalda. Sola. Fue increíble.
Después de un rato, volví a la normalidad y disfruté aún más convivir con personas increíbles. Comimos en mi lugar favorito hasta ahora en lo que me parece el mejor barrio de la ciudad. Y por fin, aprendí que para estar bien con los demás y disfrutar de lo que hay a nuestro alrededor, hay que estar en paz con nosotros mismos. 


















viernes, 6 de febrero de 2015

Centro da cidade

Di vueltas por las calles del centro de São Paulo y me acordé de las veces que veía extranjeros conociendo el Centro Histórico en la Ciudad de México. Los veía asombrados, con cámaras en mano viendo hacia todos lados, y a veces sólo mirando fijamente algo que les llamara la atención. Hoy me tocó a mí.
Bia me llevó a conocer una parte importante de esta ciudad. Conocí el punto donde se une lo nuevo y lo viejo, diferentes tiempos en el mismo suelo. Edificios que se abren como aquellos pop-up books de ciudades famosas, muros con graffiti, muñecas de Frozen y disfraces para el Carnaval en un sólo lugar. Aquí me doy cuenta de lo pequeña que soy y de cuánto me falta por aprender y conocer. 
Cuando menos me doy cuenta estoy pensando en todo esto con la misma cara de los extranjeros perdidos en la capital de mi país.

Faculdade de direito da Universidade de São Paulo.
Viaduto do chá


V
Vista del Pateo do Collegio
Catedral Metropolitana de São Paulo




Bairro da Liberdade

Era lógico que en la ciudad que tiene la mayor población de personas japonesas fuera de Japón hubiera algo típico de ese mundo. Digo "ese mundo" porque parece tan lejano y tan distinto que no parece estar en el mismo planeta. Veo la televisión de este restaurante, transmitiendo el canal japonés NHK algo que parece ser un noticiero y sonrío al ver que el mapa que usan está al revés. 
Pienso en que hay tantos conflictos alrededor del mundo tratando de buscar sólo una verdad, sólo una idea, que resulta imposible alcanzarla con tantas realidades entre nosotros. Tomo un cómic, y me confundo tratando de hojearlo porque también, olvidé que se lee al revés y entonces el libro debe hojearse de izquierda a derecha.
Es un shock cultural. Comer en un restaurante típico japonés, pagar en reales y pensar en español. Técnicamente, hoy estuve en Japón y Brasil al mismo tiempo.










lunes, 2 de febrero de 2015

Stranger

No sé si es porque mi país no siempre tiene las mejores representaciones en películas, series, o con los extranjeros en general, pero pensé que en todos los países era igual. Que todos en Estados Unidos comen hamburguesas, que todos en Argentina son nefastos, que todos los italianos comen pizza todos los días, o que en Australia tienen a canguros como vecinos. Así como en México no todos dormimos en nopales ni a todos les gusta el tequila, supongo que será así en otros lugares.
Pero aquí si. Aquí la gente jamás se cansa de bailar, no dejan de sonreír, no acaba la fiesta jamás. Y cuando digo fiesta, no me refiero a terminar ahogado vomitando de tanto haber tomado. Por fiesta me refiero a la alegría, al compañerismo, a la bondad. Aquí no se está triste jamás.
Estoy en una selva con edificios que coexisten perfecto, donde el concreto es amigo de los 27 grados, el viento y la humedad. Estoy en donde los taxis tienen terminal para tarjetas de crédito y débito, funcionando con algún mecanismo que aún no logro entender. Soy una extraña en esta ciudad y jamás me sentí tan libre. Como si lo desconocido fuera sinónimo de libertad.
Antes de venir aquí precisamente pensaba en eso, que no tenía la necesidad de salir de mi zona de confort. Seguramente era miedo, y ahora comprendí que no hay nada mejor que esto. He aprendido más de lo que pensé en solamente dos días. No tengo más que doscientos pesos y veinte dólares en mi cartera porque no puedo cambiarlos, mis tarjetas están bloqueadas, la pantalla de mi teléfono se rompió en el aeropuerto, y no entiendo la mitad de lo que me dicen. Todo es una señal.
Esto apenas comienza y la verdad, no podría estar más emocionada. Me enamoré de los retos, de las barreras e impedimentos que la vida tiene para mí sin aún conocerlos. Supongo que de esto se trata la vida, de conocerte en la peor situación y de dominar tus defectos pero sobre todo, ser tu mejor amigo para no estar solo jamás.